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domingo, 7 de febrero de 2010

10.- LA GUERRA HA TERMINADO

Después de lo que pasó entre el 18 y el 19 de enero de 1939, al salir del hospital de campaña de Tárrega (era hospital de primera línea y había que dejarlo libre para los heridos de cada día) fui trasladado a un hospital de Lérida. Estuve allí un par de días sin que nadie viniera a curarme. En la cama contigua, a mi derecha, había un soldado herido, que pasaba el tiempo durmiendo; entre su ropa, una boina roja; era navarro y requeté; tampoco lo curaban pero, de vez en cuando, le ponían una inyección; en un momento de vigilia, entablamos conversación; su herida, considerable, la tenía en el tronco, creo que en el pecho. Es la cuarta vez que caigo herido, me dijo; tres las pasé, pero de esta no me libra ni Dios; ahora, casco.


Quedé maravillado del humor con que lo decía. ¿De qué raza son estos navarros, que se juegan la vida heroica y gratuitamente en los sanfermines? Qué clase de hombre es éste que, viéndose abocado a morir, en lugar de protestar por una muerte que no merece o de lamentar, cuando menos, perder la vida en plena juventud, se limite a decir, como si fuera un trance irrelevante: Ahora, casco. Momentos después le pusieron otra inyección (¿morfina para que no sintiera dolor?) y se volvió a dormir. Nada más pude hablar con él porque durmiendo estaba cuando me pusieron en una camilla par trasladarme a un hospital de Zaragoza. Nada que contar de Zaragoza, excepto que estuve un par de días y solo me hicieron una cura y que al ir a coger una chaqueta de punto que mi madre y mi tía me habían hecho con gran esfuerzo, no por el trabajo de la confección sino por el coste de la lana, y que había dejado en la mesita de noche, vi tal cantidad de piojos buscando sustento, paseando por la superficie de la pieza que, a pesar del servicio que me había prestado por el mucho frío y del amor familiar que se había puesto en la confección, cerré la mesita de noche y renuncié a prenda tan querida. Aquellos seres eran carne de mi carne y sangre de mi sangre pero yo, descastado y cruel, no quise saber más de ellos.


Mi destino siguiente fue Vitoria, edificio del seminario, convertido en hospital de guerra. Al pasar el tren por un pueblo, creo que Tudela, donde paró unos quince minutos, serían sobre las dos de la mañana, subieron unas muchachas, con camisa azul, pertenecientes a una organización –Frentes y Hospitales- y nos obsequiaron con unas galletas y un vasito de jerez. Dentro de los horrores y calamidades de la guerra, este hecho de que a un herido, acostado en una camilla, una chica, joven y guapa, le ofreciera vino de jerez y unas galletas, era un contraste que hacía pensar que no todo se había perdido, que algún día la vida podría volver a ser agradable y placentera.

Llagamos a Vitoria, sobre las 5 o las 6 de la mañana y muy pronto, de noche aún, se presenta de improviso en la sala el Coronel-director del hospital, que venía a ver, uno a uno, a los heridos recién llegados. Al llegar a mí, rompe los vendajes, examina las heridas y dice: ¿Es que no te curaban? Muy poco. Mueve la cabeza con gesto de resignada protesta y me dice que están infectadas. A los enfermeros que le siguen les dice que no me hagan las curas en la cama sino en la sala de curas y dos veces al día. Mira mis párpados: Has perdido mucha sangre. ¿Tienes buen apetito? Mi Coronel, bueno no; buenísimo. Estupendo, y se dirige a las enfermeras: A este chico que le den toda la comida que pida. Enriqueta, una enfermera joven y guapísima, me hacía compañía cuando no tenía nada que hacer y cada vez que pasaba por delante de mi cama solía decirme: ¿Qué más quiere el hambriento? Trato tan amable de esta enfermera, continuación del que había recibido en Tárrega me hizo pensar ¿Qué tendré yo para las enfermeras? Pronto encontré la respuesta: 18 años, eso es lo que tenía, y mucha anemia. En todos los hospitales en que estuve era yo, probablemente, el más joven de los heridos. Esa y no otra era la razón de que me tratasen con un cariño que a mí, valenciano único en todos los sitios, me compensaba, aunque solo fuera en parte, de la tristeza de estar tan lejos de mi tierra.


Ese mismo día, creo que era el 25 de enero, enfermeros y enfermeras, al unísono, dieron alegremente la noticia de que se había tomado Tarragona; al día siguiente, 26, con coro mayor y asistencia de gente de la calle, se cantó por la entrada en Barcelona. Todo se recibió con gran alegría porque indicaba que se acercaba el final de la guerra.


Este hospital de Vitoria, en los 7 u 8 días que en él estuve funcionó a la perfección, contrariamente a lo ocurrido en los de Lérida y Zaragoza. El cuidado de los heridos, la alimentación, la limpieza, eran insuperables. Todos habían de estar en su sitio porque el Coronel que lo dirigía se presentaba en cualquier momento, sin avisar, de improviso. Miraba por debajo de las camas y, cuando veía un mínimo de pelusilla, sin gritar, amablemente decía: ¿Qué es aquello? Cuento esto, que es anecdótico, por el contraste que ofrece con lo que vi en Orense.


Salí de Vitoria, con pesar mío, porque me había enamorado de Enriqueta, que me despidió con la sonrisa de siempre diciéndome burlona: No pierdas el apetito, pero en Orense no te tratarán como aquí. Iniciamos la última etapa de la carrera: Vitoria-Orense. Llegamos. El médico vino el día siguiente. Mirada al párpado: Has perdido mucha sangre, come mucho. Respuesta: por mí no ha de quedar. Quince días después: Estás mejor pero todavía anémico, sigue comiendo. Parecía una condena, pero yo me decía: Ahí me las den todas. Y otra vez las enfermeras a atender a aquel muchacho, valenciano, único, solitario y anémico.


La cama a mi derecha estaba ocupada, otra vez, por un navarro, de 25 o 26 años, herido como yo en las piernas, pero con peligro de no quedar bien. Entablamos amistad y nos pasábamos el tiempo hablando, hasta que un día sabiendo él, porque yo se lo había dicho, lo que había ocurrido en mi familia y creyendo, por lo visto, que me complacería lo que iba a contarme, me dijo que él, antes de ir al frente, había intervenido y colaborado en la ejecución de rojos, “enemigos nuestros”. O sea que él había hecho lo mismo que les hicieron a los míos, pero en el otro bando. Le escuché íntimamente horrorizado, sin pronunciar palabra. ¿Pero este hombre es capaz de pensar que a mí puede agradarme un asesino, sea del bando que sea? ¿A cuanta gente habrá causado este sujeto el gran dolor que a mí me causaron? Pronto se dio cuenta del cambio de mi actitud y dejamos de hablar.


Unos cien días estuve en el hospital de Orense, del que salí el once de mayo. En todo ese tiempo una sola vez vi al director, que era un Comandante. Lo anunciaron los enfermeros: el mes que viene vendrá el Comandante a ver la sala. A los quince días: Dentro de dos semanas vendrá el Comandante. Luego: la semana que viene vendrá...Sucesivamente: dentro de 4 días...dentro de 3 días... pasado mañana... mañana... y, por fin: HOY A LAS DOCE vendrá el Comandante, director del hospital, a ver la sala. Ese día, el piso, generalmente poco limpio, brillaba como un sol, la ropa de las camas estaba blanca como la nieve, como nunca había estado. Todo en su sitio; todo perfecto. Llegó el tan anunciado momento: el Comandante-director asomó por el arco de entrada a la sala, no dio ni un solo paso adelante; desde allí nos dirigió una mirada panorámica. A los médicos y enfermeros que le acompañaban les dijo: Muy bien, muy bien, les felicito. Y se fue a repetir la farsa en otra sala.


Los enfermeros eran en este hospital una verdadera calamidad. En mi herida de la pierna izquierda habían puesto un tubo de goma, con unos agujeritos, para que la herida supurase. Allí estuvo el tubo hasta que la carne fue creciendo, invadió el tubo penetrando por los agujeritos, de forma que la herida se iba cerrando y el tubito de goma quedaba inmerso en la carne nueva. Cuando se dieron cuenta de la barbaridad, tuvieron que intervenir para extraer el tubo, lo que retrasó la curación. Lo único que allí funcionaba a la perfección eran las monjas que, de seguro, no estaban bajo la jurisdicción del Comandante. Cuando de noche algún herido tenía necesidad de ser atendido por cualquier circunstancia (téngase en cuenta que los hospitales alejados del frente eran solo para enfermos graves) esperar a que pasara el enfermero de guardia era tonta ilusión. El recurso era esperar que pasara la monja de turno, que no tenía la obligación de pasar pero que pasaba, invariablemente, cada cuarto de hora, silenciosamente, para no despertar a nadie. Entonces, sí: Sor Patrocinio, Sor Consuelo, Sor Teresa... ¿Qué quieres, hijo? Yo que viví aquello, cuando he visto en tantas cruces de caídos tantos nombres de monjas, he pensado siempre: ¿Pero como es posible que esas mujeres angelicales, aparte alguna excepción, que la habrá, fueran en un tiempo perseguidas, escarnecidas y asesinadas?


Era yo en todo el hospital, como siempre, el benjamín, el más joven y, también como siempre, el único valenciano. Como mi apellido a ellos les resultaba extraño (es muy raro fuera de una zona de la provincia de Castellón) y con mi nombre había otros, me llamaban todos Valencia, como ya me había ocurrido en el frente. A mí, verdaderamente, me complacía que me llamaran así aunque, al propio tiempo, lamentara que en cantidad y calidad Valencia estuviera tan pobremente representada. Al oír a los gallegos hablar me cautivó su lengua que me pareció, y me sigue pareciendo, la más musical y dulce de las españolas. Quise aprenderla. A las enfermeras, que me hablaban en castellano, les pedí que, por favor, me hablaran en gallego, que quería aprenderlo. Les cayó bien mi propuesta. No eran enfermeras profesionales. Frentes y Hospitales, ente organizado para atender al soldado, que presidía la esposa del Caudillo, creó un voluntariado de enfermeras que se nutrió, en general, de chicas jóvenes, de casa bien, entendiendo por casa bien una cómoda posición económica familiar. La mayor de las que había en el hospital tendría unos 30 años; tenía un hermano menor de 28 ó 29, que pilotaba un avión de caza, que había alcanzado el grado de Teniente Coronel, que había derribado no sé cuantos aparatos enemigos y del que siempre que se hablaba de él terminaban diciendo: Este chico, con el paso que lleva, ascenderá muy joven a general. Y yo pensaba para mis adentros: Si sigue derribando aparatos, sí, pero si le derriban a él no creo que ascienda mucho.


Dado que las enfermeras disponían de algunos ratos de ocio, solían venir a mi cama, se sentaban a los pies y me decían: Valencia, vamos con el gallego. Y charlábamos de Galicia y de su lengua. Se hacían maravillas, eso decían, de como progresaba el alumno. Simplemente era, que el gallego es la lengua que menos difiere del castellano y que así como a los 80 años y pico de ahora nada se aprende sino que, gradualmente, se va olvidando lo poco que se sabía, la edad de los 18 es muy propicia para que uno aprenda lo que le echen, sobre todo si le gusta y tiene profesorado tan agradable. Aprendí el gallego, no de manera perfecta, pero sí suficiente, hasta el punto de que la enfermera de mayor edad me llamara a veces “galeguiño”. Lamento hoy haber olvidado tan dulce lengua.


Al final de marzo, me había recuperado de la anemia, a costa de los caldos y los potes gallegos y de las patatas con buenos filetes de ternera, que entonces las vacas estaban muy cuerdas. Aunque con dificultad, podía caminar lentamente, con el apoyo de dos bastones. Todas las tardes salía del hospital un pequeño autobús que llevaba a los heridos que ya podían levantarse, al Hogar del Soldado, emplazado en el centro de la ciudad, en la calle principal de Orense, de donde nos recogían después para volvernos a la hora de la cena. En el aparato de radio de ese Hogar del Soldado, oí el 28 o 29 de marzo, con emocionada alegría, que las fuerzas de Franco habían entrado en Valencia y el siguiente, o a los dos días, la entrada en Madrid. La voz de Serrano Suñer, Ministro del Interior, del que dependían Prensa y Propaganda, hacía pública la noticia: Madrid, ya era de España. Aún recuerdo la voz triunfalista del hombre que había perdido dos hermanos, asesinados en Madrid: ¿Dónde quedan aquellas palabras de la Pasionaria del “No pasarán”? Uno, en aquellos tiempos calientes lo recibía todo con entusiasmo, ayuno de espíritu crítico. Hoy, con la clarividencia que, paradójicamente, nos da la lejanía, pensamos que sí que es cierto que los vencedores “pasamos” en muchos sitios a costa de esfuerzos y heroísmo, teniendo que superar muchas veces el heroísmo del enemigo, pero la verdad es que en Madrid “no pasamos”. Llegamos en Noviembre del 36 y entramos en marzo del 39, transcurridos 27 meses, cuando abandonaron y nos dejaron libre el paso, pero de “pasar”, “rien de plus”.


Aquello era el fin de la guerra. En efecto, el 1 de abril el parte oficial, último de la guerra, que firmaba por única vez el General Franco, decía: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares”. Como final, las cuatro palabras tanto tiempo esperadas: “La guerra ha terminado”.


A mí me ha impresionado siempre, profundamente, ese parte oficial, escrito por el General Franco porque creo que revela el carácter, la personalidad, de su redactor. ¿Dónde hay, en ese parte, una ínfima muestra de literatura, un simple indicio de triunfalismo, un atisbo de emoción por el heroísmo y el sacrificio de tantos españoles muertos? Nada de nada. Todo es frío, aséptico, anodino. Pura y escueta sobriedad. Y ahí está su grandeza. Analiza el texto y ve uno que no le falta nada, y nada le sobra porque cualquier otra cosa que dijera podría ser excesiva, desprecio del enemigo, fanfarria, vanagloria, soberbia. Hace 4 ó 5 años leí, muy por encima, el libro clásico de la guerra, el Clausewitz. Viene a decirnos el militar prusiano que la guerra es un conflicto en el que dos grupos armados o Ejércitos se disputan la posesión de un territorio; que el objeto de la guerra es la destrucción del enemigo mediante la muerte, el cautiverio y el desarme; conseguido eso, se alcanza la posesión del territorio discutido.


Así, se comprende perfectamente la sobriedad de ese parte que se dio el día 1 de abril, por la noche. La celebración en el hospital de Orense, fue el día siguiente, dos de abril. Comida extraordinaria, con pasteles, café, un poco de licor etc. Y al final, como siempre que se bebe un poco, canciones. Había allí aragoneses, castellanos, navarros, asturianos y, sobre todo, gallegos. Se cantaron jotas navarras, aragonesas, canciones del frente, especialmente asturianas, muñeiras. Cada uno cantaba cuando sabía, cuando no, oía. Yo coreaba alguna que había aprendido en el frente, pero eran las menos. Las tres enfermeras profesoras de gallego pudieron advertir en mi rostro, durante mis silencios, alguna sombra de tristeza, porque se acercaron, se pusieron al pie de mi cama y me preguntaron: Valencia ¿por qué no cantas? Canto las que sé. Pero ¿por qué estás triste, porque no se canta ninguna canción de tu tierra? Ahora verás. Y el trío empezó: Valencia, es la tierra de las flores...Y a ellas se fueron uniendo todos, a la vez que dirigían la mirada y sus voces al único valenciano del hospital, al que rendían homenaje de compañerismo. Y ocurrió lo que no había sucedido en ninguna canción: que la cantaron todos, porque el pasodoble de Padilla es conocido en España entera, y aún diría que en el mundo entero. La cantaron todos, todos, hasta las monjas; todos menos uno: aquel joven valenciano que de tanto llorar creía secos sus lagrimales no pudo cantar; aún le quedaban lágrimas. Terminada la canción me dijo una enfermera: ¿Por qué lloras, Valencia, si te hemos cantado para alegrarte? Con palabras entrecortadas, logré explicarles, en su lengua vernácula, que de esa Valencia que me habían cantado estaba yo ausente casi tres años, ausencia que no había sido voluntaria, que de esa Valencia tan querida todos los de mi familia habíamos sido primero desterrados y después perseguidos en el destierro y que ahora, que ya podía volver, me encontraba herido en la cama de un hospital, sin ningún paisano con el que poder asociar alegrías comunes, totalmente solo, y a más de mil kilómetros “d’a miña terra”. Me pareció ver que los ojos de aquellas tres enfermeras se humedecían mientras yo les hablaba. La mayor de ellas, la hermana del héroe, se acercó, me acarició con su mano suave la mejilla casi imberbe y me dijo: No llores galeguiño; podrás estar a mil kilómetros de tu Valencia querida, pero no estás solo; aquí estamos nosotras y detrás de nosotras Galicia entera está contigo, que también ésta es “a tua terra”.


Al sollozo de la añoranza por la ausencia se sumó el del agradecimiento por aquellas palabras, por toda aquella muestra general de compañerismo. Lloré; silenciosa pero hondamente lloré como un niño, un niño acosado por tragedias, el niño que, a pesar de mis 19 años, cumplidos días antes, aún seguía siendo.


Aquello dejó en mí una huella que el tiempo no ha podido borrar. Más de una vez he oído, con referencia a valencianos que han ido a vivir a otras tierras y que no han vuelto a las de su origen, que tales emigrantes han dejado de ser valencianos, que han perdido el amor por su tierra. Sí, no cabe duda que eso se dará en algunos casos, pero ¿quiénes somos nosotros para juzgar así? He pensado muchas veces en aquellos valencianos que hace 40 o 50 años fueron a trabajar a Alemania, a vivir con gente, con lengua y clima todos extraños, forzados por la necesidad de un jornal que aquí no encontraban; he pensado, sobre todo, en aquellos españoles que al final de la guerra hubieron de emigrar, por temor a la represión, a países lejanos, a miles de kilómetros, en otro continente, muchos de ellos para no volver. Todos ellos, cuando habrán oído, en la ausencia, el himno regional o el pasodoble fallero, “Lo cant del Valenciá” o el “Valencia” de Padilla, ¿qué habrán sentido en sus corazones? ¡Cuantas lágrimas, externas e internas en esos momentos! De eso solo pueden tener idea quienes hayan pasado por esos trances. De hasta qué punto se quiere a un ser próximo, solo nos enteramos cuando lo perdemos. Cuanto mayor es la distancia, en tiempo y espacio, tanto mayor la añoranza, el amor que se siente por nuestra tierra.

                                                    Emilio Porcar LLiberós. (Orense1939)

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